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Dos muertos (Primer amor)


 

Le disparé al pecho. Cuatro veces. Me dí cuenta de que me había pasado cuando vi cambiar la expresión de su cara. Pareció disgustado.

-Pinche escuincla. Me has empapado.

Despegó la tela mojada de su piel, dos pezones arrugados formándose bajo sus dedos. Alguna vez lo había visto sin camisa. Tenía el pecho lampiño. A mi no me gustan los hombres peludos.

-No soy una escuincla -protesté. -Tengo trece años.

Lo noté sorprendido. Primero me miró a los ojos, como si buscara ver en ellos la mentira o la verdad de mis palabras, y entonces dejó que su mirada se arrastrara por mi cuerpo, hasta fijarse en mis senos, creía yo, aunque era difícil saber por dónde miraba porque le daba el sol en los ojos y había levantado una mano a la frente.

Sentía calor. No aguantaba seguir mirándole a la cara, así que bajé la vista yo también para estudiar la mancha de agua que había dejado en su playera. Vestía una playera negra, como siempre; debía de tener diez o quince iguales. El negro por donde le había disparado era aún más negro que por donde el agua no había tocado. “¿Cómo puede ser el negro más negro que el negro?” me pregunté. Pero mirándola bien la playera no era de un negro puro sino de un negro verdoso y barato y pensé que probablemente no era de buena calidad o la tela o la tintura con que se había teñido y que seguramente él había comprado aquella playera por ser negra, claro está, pero también por ser barata, por ser él pobre, como cualquier otro de la colonia y pensé “pero si siempre he sabido que era tan pobre como todos, ¿cómo es posible que sólo me dé cuenta ahora?” Y para cuando me pregunté eso ya había dejado él de contemplarme los pechos y estaba mirando al periquito de la vecina que otra vez se había fugado de su jaula y cantaba victorioso desde la rama más alta de la jacaranda que ocupaba el centro del patio, un punto amarillo y verde contrastando con el lila.

Me senté a su lado en el suelo. Vimos a Remedios salir de su casa con la jaula en las manos. Tenía la puerta abierta. Fue una escena que se repitió a menudo. Sabíamos todos que Rocky entraría por su propia voluntad. Todos entendíamos por qué.

-Deberías comprarte un sostén -me dijo él luego sin dejar de mirar a la mujer y al pájaro.

Entonces me quitó la pistola de las manos y me disparó en la cabeza.

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Categories: Cuentos en castellano Tags:
  1. Alain
    January 29, 2010 at 12:54 am | #1

    Uno de tus mejores relatos cortos.

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