La boda
Había escuchado su nombre durante toda la mañana. No era inusual; lo que le llamaba la atención era la manera en que lo pronunciaban. Los hombres, igual que las mujeres, decían su nombre con demasiado aliento, demasiada música, como si fuese a ser él el protagonista de la boda y no un mero corista. Sólo era el hermano menor del padrino, pero incluso el novio quiso saber a qué hora iba a llegar y – lo que resultó más llamativo – la novia fue la única que no preguntó por él.
-¿Por qué no vas tú a buscarlo, Irina? – le había sugerido su amiga, y su sonrisa fue un reto o quizás un regalo.
La parada del tren estaba al final de un sendero que atravesaba un campo hasta llegar a un andén que no tenía más que un letrero indicando el nombre del pueblo. Cuando el tren llegó ella aún estaba cruzando la pradera y el sol le daba de pleno en la cara. Con una mano alzada a la frente para protegerle los ojos vio una puerta abrirse y una maleta oscura y gastada volar por el aire y caer en la hierba. Una nube pasó por delante del sol y de repente divisó al hombre que estaba de pie en la puerta del tren: se había detenido a buscar la cara de quien habría venido a buscarlo. Y como era la única persona en la pradera y la única otra persona en el mundo, él supo que ella había venido por él y su cara se transformó con una sonrisa.
Y ahora, cuando no puede acordarse de su propio nombre, ni siquiera del nombre de él, cuando se han saqueado todas las habitaciones de su memoria, cuando incluso los ratones que se escabullían bajo las tablas del suelo yacen muertos y tiesos en sus trampas y no quedan más que las tablas silenciosas y vacías, incluso ahora siente a veces el sol en sus ojos y ve una maleta que se tira al suelo sin cuidado y su cara antes de que la vea, y el mundo se detiene en ese momento, el tiempo se paraliza y lo que no duró más que un segundo se vuelve infinito y la eternidad (entera) se queda plasmada en ese momento, justo antes de que baja del tren.
No dejes esto, no dejes esto, no dejes esto, no dejes esto.