Catedral
Es verdad que se cerraron las puertas de la iglesia. Fui yo quien las cerré, después de que el obispo se fuera y antes de que llegaran los estudiantes. Me dejaron solo para defender la casa del Señor.
Me desperté en el hospital. No sabía dónde estaba y me dolía la quijada. Se me habría roto cuando me caí al suelo, a no ser que mi cara se golpeara después contra la bota de algún soldado.
Me dejaron solo con órdenes de mantener las puertas cerradas. “Que no entre ninguno,” dijeron.
Salí del hospital con una barba de cinco días. Se sentía muy raro: nunca me la había dejado crecer. A mi no me gusta llevar barba ni me interesa la política. Yo sólo fui a la manifestación para acompañar al güero.
Ellos eran miles y yo uno. Los oía desde el otro lado de la puerta. “Ésta es la casa del Señor,” les quise decir. Pero me quedé mudo.
Yo sólo fui para acompañar al güero. Era el cumpleaños de mi hermana menor e íbamos a mi casa después de la manifestación. El güero me ayudó a elegir su regalo. Le compré una caja de acuarelas. El estuche era de color plata y contenía 24 pinturas. Le habría gustado. El güero le compró un bloc de dibujo y unos lápices. Dijo que para alguien que quería aprender a pintar era fundamental saber dibujar.
Quise decirles: “Ésta es la casa del Señor. No es un escondite para marxistas y ateos.” Eso les quise decir pero no lo dije. Escuchaba sus puños aporreando las puertas y me quedé mudo.
Mi hermana me pidió una foto del güero pero no encontraba ninguna. Tuve que pedírsela a Claudia. Ella tenía muchísimas. No me había dado cuenta.
“Ábrannos, ábrannos” gritaron. Ellos eran miles y yo uno. Me sentía solo.
Mi hermana hizo un retrato del güero copiado de la fotografía que Claudia me regaló. Yo la observaba desde el sofá. Hizo varios bocetos que acabaron en la papelera pero el último le quedó bien. Se lo regaló a la madre del güero. No se habían conocido antes pero mi hermana me acompañó al entierro y ahí les presenté. Mi hermana le dijo a la madre del güero que había hecho un retrato de Roberto – me extrañó muchísimo oírle decir su nombre – y a su madre pareció gustarle. Abrazó a mi hermana durante mucho tiempo. La verdad, más que abrazarla, la madre del güero se aferró al cuerpo de mi hermana como si temiera ahogarse, o como si un viento poderoso amenazara con arrancarla de la tierra.
Luego pensé: es una blasfemia sentirse solo en la casa del Señor.
Nos hicimos amigos porque sí. No teníamos casi nada en común. Cuando entramos en la universidad yo opté por estudiar biología y él historia. Nos veíamos casi todos los días. Yo no habría podido decirle una mentira sin que él se diera cuenta aunque creo que él a mí sí.
No me alejé de la puerta ni un instante. Me quedé ahí escuchando los gritos y los balazos, y los puños aporreando las puertas. Intenté rezar pero no pude. Sentía que estaba solo.
A la gente le hacía gracia vernos juntos. Él era güero y menudo y yo robusto y muy moreno.
Hice lo que pude para tranquilizarme. Me puse a recitar: El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce.
Yo empecé a sentirme mal antes de que pasara nada. Me dio un ataque de claustrofobia de estar allí en la plaza con tanta gente. Éramos varios miles, no sé cuantos. No diría que tuve un presentimiento, simplemente no me gustan las muchedumbres, estar en un plaza llena de gente nunca me agrada. Yo sólo fui para acompañar al güero y luego íbamos a ir a mi casa para celebrar el cumpleaños de mi hermana menor. Le dije al güero que habría pastel de tres leches porque sabía que le gustaba pero habría venido de todas formas porque mi hermana se lo había pedido y aunque sólo tiene doce años no hay hombre que se resista a mi hermana.
El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce. Él restaura mi alma; me guía por senderos de justicia, por amor de su nombre.
Yo ya me sentía mal y entonces empezaron a disparar sobre nosotros. El güero y yo estábamos cerca de la catedral, nos acercamos a sus puertas, gritamos que abrieran, aporreamos las puertas con nuestros puños pero no las abrieron.
Yo no vi nada de lo que pasó. Las ventanas de las iglesias no son para mirar al mundo de afuera, solo existen para dejar entrar la luz. Oí las voces y los balazos, oí los puños aporreando contra la madera de las puertas. Pero no vi nada.
No abrieron las puertas de la catedral. “Vámonos” le dije al güero y puse mi brazo alrededor de su hombro para protegerle. A la gente le había entrado el pánico. Casi temía más a los otros estudiantes, a nosotros, a los que estábamos en la plaza que a las balas de los soldados. No habíamos avanzado casi nada cuando sentí al güero desplomarse. Le habían disparado en la espalda.
El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce. Él restaura mi alma; me guía por senderos de justicia, por amor de su nombre. Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me infunden aliento.
Nos hicimos amigos porque sí. No lo puedo explicar de otra manera. No teníamos casi nada en común pero la pasamos bien juntos. Me obligaba a leer cosas que de otra manera jamás habría leído. Le gustaba mucho Camus y me obligó a leer El extranjero. “Marquitos, me dijo, esto sí que
te lo tienes que leer,” y lo leí. Me gustó muy poco. Me causó una sensación muy desagradable leer aquella novela pero la leí para poder comentarla con el güero. Le dije que lo único que me había gustado era la descripción que dio Camus del protagonista en la introducción. Dijo que era un hombre “enamorado del sol que no deja sombras”. Creo que el güero buscaba aquel sol.
Los sonidos de la plaza iban apaciguándose pero yo me quedé de pie al lado de las puertas. Me mantuve de pie durante la mitad de la noche. Miraba al cuerpo del Señor iluminado por la luz de las velas. Miraba su cuerpo agonizante y pensaba “Ésta es la casa del Señor. No es un escondite para marxistas y ateos.” Pero el cuerpo del Señor me censuraba, las heridas del Señor me censuraban y su sangre y su silencio también. En un momento me quedé dormido de pie y me desperté con una sacudida violenta de la cabeza. Luego me acosté sobre el suelo.
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