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Franz y Gala


Nuestra historia empieza un sábado otoñal y soleado en el que Franz, un joven funcionario de aspecto sombrío y tísico, va con su amigo Max a conocer el nuevo zoológico de Praga. Max está preocupado por el estado mental de su amigo y espera que éste se distraiga un tiempo. Van metódicamente de jaula a jaula, leyendo los nombres (comunes, científicos e individuales) y procedencias de cada habitante. Admiran al tigre siberiano regalado por el zoo de Budapest, tiran trocitos de pan a los monos y los chimpancés (todavía no se prohíbe darles de comer a los animales) y se entristecen al ver que el oso negro solitario anda desconsoladamente de un lado a otro de su jaula como un padre expectante que ya no espera buenas noticias. Las jirafas les dejan boquiabiertos (el surrealismo todavía no se ha inventado) y el retablo idílico de madre e hijo escenificado por la elefanta y su cría les enternece a los dos (Franz no puede dejar de notar que la figura del padre no se echa nada en falta).
Ya están muy cerca de Gala. Nadie se ha detenido para mirarla. Se ha escondido en la esquina más lejana de su recinto. Está dolida, hambrienta y deprimida. Lleva dos semanas en Praga y echa de menos su hogar y sus amistades en Berlín. Allí tenía amigos con quien jugar y allí tenía a Olaf, su entrenador y hasta aquel entonces el gran amor de su vida. Gala acaba de cumplir tres años y de sus 1107 días sólo ha vivido 63 sin ver a Olaf. No logra entender por qué la han separado de él. Siempre que Olaf se ha ausentado, Gala se ha negado a comer y es lo que hace ahora. No come desde el último día que lo vio en Berlín.
Llegan Max y Franz al recinto de los leones marinos. Sólo hay uno, o más bien, una– se llama Gala – y se muestra bastante huraña, escondiéndose en un rincón de su encierro, no revelando más que una espalda curvada y carnosa. Hay un banco enfrente del recinto y ya algo fatigados los dos hombres, sin discutirlo, se sientan a descansar.
Algo penetra en la tristeza nebulosa en que Gala se encuentra envuelta, algo que le recuerda a su vida anterior. Son los sonidos, las cadencias de una lengua humana que a ella le resulta reconfortantemente familiar. Hay dos hombres sentados en el banco frente a su jaula y están hablando en alemán. Gala quiere oírlos mejor. Quiere dormirse escuchando aquellas voces para soñar con Olaf y Berlín y de cuando era feliz. Se arrastra hacia las voces y se tumba al lado de la alambrada que la encierra. Sorprendidos, los dos hombres se aproximan a ella. Uno se agacha y le mira a los ojos. En este instante los dos reconocen en la mirada del otro la angustia que ampara su propia alma.
-¿Por qué estás tan triste? -Franz le pregunta a la leona marina. Gala no entiende la pregunta, pero le encanta que esa voz tan grave, tan inesperadamente varonil, le hable en aquel tono tan cariñoso y amable. Ya que su olfato le dice que el hombre no le ha traído ningún arenque, Gala opta por robarle un beso. Es un beso sincero, húmedo y maloliente que a Franz le sorprende muchísimo. Siempre se ha creído un ser repulsivo e indeseable. Y ahora resulta que es tan potente su encanto que incluso una hembra magnifica con un peso corporal de unos 300 kilos carece de la fuerza suficiente para resistirlo.
Quiere el destino que en aquel momento pase el gerente director del zoo por las instalaciones marítimas de su dominio. Tras presenciar esta muestra conmovedora de afecto pinnípedo no duda en dirigirse a su objeto humano y pedirle que emplee sus dones para convencer a la bestia testaruda a comer y a portarse bien. Es un hombre decidido con una voluntad arrolladora que no suele aceptar negativas y Franz, invadido por una ola repentina de felicidad, es fácilmente convencido para abandonar la burocracia y dedicarse a entrenar mamíferos marinos, actividad que luego emprende con una diligencia tan aplicada que pronto compensa su ignorancia absoluta respecto a los seres acuáticos.
Pronto Gala redescubre su apetito y a unos pocos meses le encuentran un león marino con quien compartir su recinto y con quien llega a tener dos crías. Franz, liberado incondicionalmente de su melancolía y sus complejos anteriores se casa felizmente con una antigua novia. En su tiempo libre se dedica a escribir cuentos humorísticos para sus dos hijos pequeños. No se publican durante su vida pero tienen un gran éxito póstumo tras su muerte de tuberculosis a los 41 años. Gala lo sobrevive siete días.

Categories: Cuentos en castellano Tags:
  1. a.ró.
    April 23, 2011 at 5:00 pm | #1

    hermosa escena, pero el final se precipita un poco ¿no?

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