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Archive for the ‘Cuentos en castellano’ Category

Franz y Gala

April 20, 2011 1 comment

Nuestra historia empieza un sábado otoñal y soleado en el que Franz, un joven funcionario de aspecto sombrío y tísico, va con su amigo Max a conocer el nuevo zoológico de Praga. Max está preocupado por el estado mental de su amigo y espera que éste se distraiga un tiempo. Van metódicamente de jaula a jaula, leyendo los nombres (comunes, científicos e individuales) y procedencias de cada habitante. Admiran al tigre siberiano regalado por el zoo de Budapest, tiran trocitos de pan a los monos y los chimpancés (todavía no se prohíbe darles de comer a los animales) y se entristecen al ver que el oso negro solitario anda desconsoladamente de un lado a otro de su jaula como un padre expectante que ya no espera buenas noticias. Las jirafas les dejan boquiabiertos (el surrealismo todavía no se ha inventado) y el retablo idílico de madre e hijo escenificado por la elefanta y su cría les enternece a los dos (Franz no puede dejar de notar que la figura del padre no se echa nada en falta).
Ya están muy cerca de Gala. Nadie se ha detenido para mirarla. Se ha escondido en la esquina más lejana de su recinto. Está dolida, hambrienta y deprimida. Lleva dos semanas en Praga y echa de menos su hogar y sus amistades en Berlín. Allí tenía amigos con quien jugar y allí tenía a Olaf, su entrenador y hasta aquel entonces el gran amor de su vida. Gala acaba de cumplir tres años y de sus 1107 días sólo ha vivido 63 sin ver a Olaf. No logra entender por qué la han separado de él. Siempre que Olaf se ha ausentado, Gala se ha negado a comer y es lo que hace ahora. No come desde el último día que lo vio en Berlín.
Llegan Max y Franz al recinto de los leones marinos. Sólo hay uno, o más bien, una– se llama Gala – y se muestra bastante huraña, escondiéndose en un rincón de su encierro, no revelando más que una espalda curvada y carnosa. Hay un banco enfrente del recinto y ya algo fatigados los dos hombres, sin discutirlo, se sientan a descansar.
Algo penetra en la tristeza nebulosa en que Gala se encuentra envuelta, algo que le recuerda a su vida anterior. Son los sonidos, las cadencias de una lengua humana que a ella le resulta reconfortantemente familiar. Hay dos hombres sentados en el banco frente a su jaula y están hablando en alemán. Gala quiere oírlos mejor. Quiere dormirse escuchando aquellas voces para soñar con Olaf y Berlín y de cuando era feliz. Se arrastra hacia las voces y se tumba al lado de la alambrada que la encierra. Sorprendidos, los dos hombres se aproximan a ella. Uno se agacha y le mira a los ojos. En este instante los dos reconocen en la mirada del otro la angustia que ampara su propia alma.
-¿Por qué estás tan triste? -Franz le pregunta a la leona marina. Gala no entiende la pregunta, pero le encanta que esa voz tan grave, tan inesperadamente varonil, le hable en aquel tono tan cariñoso y amable. Ya que su olfato le dice que el hombre no le ha traído ningún arenque, Gala opta por robarle un beso. Es un beso sincero, húmedo y maloliente que a Franz le sorprende muchísimo. Siempre se ha creído un ser repulsivo e indeseable. Y ahora resulta que es tan potente su encanto que incluso una hembra magnifica con un peso corporal de unos 300 kilos carece de la fuerza suficiente para resistirlo.
Quiere el destino que en aquel momento pase el gerente director del zoo por las instalaciones marítimas de su dominio. Tras presenciar esta muestra conmovedora de afecto pinnípedo no duda en dirigirse a su objeto humano y pedirle que emplee sus dones para convencer a la bestia testaruda a comer y a portarse bien. Es un hombre decidido con una voluntad arrolladora que no suele aceptar negativas y Franz, invadido por una ola repentina de felicidad, es fácilmente convencido para abandonar la burocracia y dedicarse a entrenar mamíferos marinos, actividad que luego emprende con una diligencia tan aplicada que pronto compensa su ignorancia absoluta respecto a los seres acuáticos.
Pronto Gala redescubre su apetito y a unos pocos meses le encuentran un león marino con quien compartir su recinto y con quien llega a tener dos crías. Franz, liberado incondicionalmente de su melancolía y sus complejos anteriores se casa felizmente con una antigua novia. En su tiempo libre se dedica a escribir cuentos humorísticos para sus dos hijos pequeños. No se publican durante su vida pero tienen un gran éxito póstumo tras su muerte de tuberculosis a los 41 años. Gala lo sobrevive siete días.

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Catedral

April 1, 2010 Leave a comment

Es verdad que se cerraron las puertas de la iglesia. Fui yo quien las cerré, después de que el obispo se fuera y antes de que llegaran los estudiantes. Me dejaron solo para defender la casa del Señor.

Me desperté en el hospital. No sabía dónde estaba y me dolía la quijada. Se me habría roto cuando me caí al suelo, a no ser que mi cara se golpeara después contra la bota de algún soldado.

Me dejaron solo con órdenes de mantener las puertas cerradas. “Que no entre ninguno,” dijeron.

Salí del hospital con una barba de cinco días. Se sentía muy raro: nunca me la había dejado crecer. A mi no me gusta llevar barba ni me interesa la política. Yo sólo fui a la manifestación para acompañar al güero.

Ellos eran miles y yo uno. Los oía desde el otro lado de la puerta. “Ésta es la casa del Señor,” les quise decir. Pero me quedé mudo.

Yo sólo fui para acompañar al güero. Era el cumpleaños de mi hermana menor e íbamos a mi casa después de la manifestación. El güero me ayudó a elegir su regalo. Le compré una caja de acuarelas. El estuche era de color plata y contenía 24 pinturas. Le habría gustado. El güero le compró un bloc de dibujo y unos lápices. Dijo que para alguien que quería aprender a pintar era fundamental saber dibujar.

Quise decirles: “Ésta es la casa del Señor. No es un escondite para marxistas y ateos.” Eso les quise decir pero no lo dije. Escuchaba sus puños aporreando las puertas y me quedé mudo.

Mi hermana me pidió una foto del güero pero no encontraba ninguna. Tuve que pedírsela a Claudia. Ella tenía muchísimas. No me había dado cuenta.

“Ábrannos, ábrannos” gritaron. Ellos eran miles y yo uno. Me sentía solo.

Mi hermana hizo un retrato del güero copiado de la fotografía que Claudia me regaló. Yo la observaba desde el sofá. Hizo varios bocetos que acabaron en la papelera pero el último le quedó bien. Se lo regaló a la madre del güero. No se habían conocido antes pero mi hermana me acompañó al entierro y ahí les presenté. Mi hermana le dijo a la madre del güero que había hecho un retrato de Roberto – me extrañó muchísimo oírle decir su nombre – y a su madre pareció gustarle. Abrazó a mi hermana durante mucho tiempo. La verdad, más que abrazarla, la madre del güero se aferró al cuerpo de mi hermana como si temiera ahogarse, o como si un viento poderoso amenazara con arrancarla de la tierra.

Luego pensé: es una blasfemia sentirse solo en la casa del Señor.

Nos hicimos amigos porque sí. No teníamos casi nada en común. Cuando entramos en la universidad yo opté por estudiar biología y él historia. Nos veíamos casi todos los días. Yo no habría podido decirle una mentira sin que él se diera cuenta aunque creo que él a mí sí.

No me alejé de la puerta ni un instante. Me quedé ahí escuchando los gritos y los balazos, y los puños aporreando las puertas. Intenté rezar pero no pude. Sentía que estaba solo.

A la gente le hacía gracia vernos juntos. Él era güero y menudo y yo robusto y muy moreno.

Hice lo que pude para tranquilizarme. Me puse a recitar: El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce.

Yo empecé a sentirme mal antes de que pasara nada. Me dio un ataque de claustrofobia de estar allí en la plaza con tanta gente. Éramos varios miles, no sé cuantos. No diría que tuve un presentimiento, simplemente no me gustan las muchedumbres, estar en un plaza llena de gente nunca me agrada. Yo sólo fui para acompañar al güero y luego íbamos a ir a mi casa para celebrar el cumpleaños de mi hermana menor. Le dije al güero que habría pastel de tres leches porque sabía que le gustaba pero habría venido de todas formas porque mi hermana se lo había pedido y aunque sólo tiene doce años no hay hombre que se resista a mi hermana.

El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce. Él restaura mi alma; me guía por senderos de justicia, por amor de su nombre.

Yo ya me sentía mal y entonces empezaron a disparar sobre nosotros. El güero y yo estábamos cerca de la catedral, nos acercamos a sus puertas, gritamos que abrieran, aporreamos las puertas con nuestros puños pero no las abrieron.

Yo no vi nada de lo que pasó. Las ventanas de las iglesias no son para mirar al mundo de afuera, solo existen para dejar entrar la luz. Oí las voces y los balazos, oí los puños aporreando contra la madera de las puertas. Pero no vi nada.

No abrieron las puertas de la catedral. “Vámonos” le dije al güero y puse mi brazo alrededor de su hombro para protegerle. A la gente le había entrado el pánico. Casi temía más a los otros estudiantes, a nosotros, a los que estábamos en la plaza que a las balas de los soldados. No habíamos avanzado casi nada cuando sentí al güero desplomarse. Le habían disparado en la espalda.

El Señor es mi pastor, nada me faltará. En lugares de verdes pastos me hace descansar; junto a aguas de reposo me conduce. Él restaura mi alma; me guía por senderos de justicia, por amor de su nombre. Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo; tu vara y tu cayado me infunden aliento.

Nos hicimos amigos porque sí. No lo puedo explicar de otra manera. No teníamos casi nada en común pero la pasamos bien juntos. Me obligaba a leer cosas que de otra manera jamás habría leído. Le gustaba mucho Camus y me obligó a leer El extranjero. “Marquitos, me dijo, esto sí que
te lo tienes que leer,” y lo leí. Me gustó muy poco. Me causó una sensación muy desagradable leer aquella novela pero la leí para poder comentarla con el güero. Le dije que lo único que me había gustado era la descripción que dio Camus del protagonista en la introducción. Dijo que era un hombre “enamorado del sol que no deja sombras”. Creo que el güero buscaba aquel sol.

Los sonidos de la plaza iban apaciguándose pero yo me quedé de pie al lado de las puertas. Me mantuve de pie durante la mitad de la noche. Miraba al cuerpo del Señor iluminado por la luz de las velas. Miraba su cuerpo agonizante y pensaba “Ésta es la casa del Señor. No es un escondite para marxistas y ateos.” Pero el cuerpo del Señor me censuraba, las heridas del Señor me censuraban y su sangre y su silencio también. En un momento me quedé dormido de pie y me desperté con una sacudida violenta de la cabeza. Luego me acosté sobre el suelo.

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La boda

January 24, 2010 1 comment

Había escuchado su nombre durante toda la mañana. No era inusual; lo que le llamaba la atención era la manera en que lo pronunciaban. Los hombres, igual que las mujeres, decían su nombre con demasiado aliento, demasiada música, como si fuese a ser él el protagonista de la boda y no un mero corista. Sólo era el hermano menor del padrino, pero incluso el novio quiso saber a qué hora iba a llegar y – lo que resultó más llamativo – la novia fue la única que no preguntó por él.

-¿Por qué no vas tú a buscarlo, Irina? – le había sugerido su amiga, y su sonrisa fue un reto o quizás un regalo.

La parada del tren estaba al final de un sendero que atravesaba un campo hasta llegar a un andén que no tenía más que un letrero indicando el nombre del pueblo. Cuando el tren llegó ella aún estaba cruzando la pradera y el sol le daba de pleno en la cara. Con una mano alzada a la frente para protegerle los ojos vio una puerta abrirse y una maleta oscura y gastada volar por el aire y caer en la hierba. Una nube pasó por delante del sol y de repente divisó al hombre que estaba de pie en la puerta del tren: se había detenido a buscar la cara de quien habría venido a buscarlo. Y como era la única persona en la pradera y la única otra persona en el mundo, él supo que ella había venido por él y su cara se transformó con una sonrisa.

Y ahora, cuando no puede acordarse de su propio nombre, ni siquiera del nombre de él, cuando se han saqueado todas las habitaciones de su memoria, cuando incluso los ratones que se escabullían bajo las tablas del suelo yacen muertos y tiesos en sus trampas y no quedan más que las tablas silenciosas y vacías, incluso ahora siente a veces el sol en sus ojos y ve una maleta que se tira al suelo sin cuidado y su cara antes de que la vea, y el mundo se detiene en ese momento, el tiempo se paraliza y lo que no duró más que un segundo se vuelve infinito y la eternidad (entera) se queda plasmada en ese momento, justo antes de que baja del tren.

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A los que no

January 21, 2010 Leave a comment

Simon, ahora que lo pienso, no me acuerdo o nunca supe por qué pasabas tantas horas en mi casa el año en que yo tenía cuatro años y tú tenías cinco. Habías vivido siempre a tres puertas de nuestra casa y nos veíamos muy a menudo, pero de repente estabas con nosotros todo el tiempo. ¿Era porque tu padre trabajaba por las noches y no se podía hacer ruido en vuestra casa durante el día? ¿O fue porque estaban tus padres a punto de separarse y tu madre te llevaba a nuestra casa para que no oyeras sus peleas? De lo que sí me acuerdo es de los días en que mi madre lavaba el suelo de la cocina. Era de linóleo, a cuadros blancos y azules, ¿te acuerdas? Nos expulsaba al comedor mientras fregaba las baldosas y luego las cubría con hojas de periódico para que se secaran más rápido. Con el suelo así protegido nos permitía volver a entrar. Pisábamos el terreno de noticias caducadas hasta llegar a la mesa donde mi madre nos servía a cada uno un vaso de leche y dos galletas digestivas, que a veces tenían una capa de chocolate y otras no. Mientras tomábamos la merienda mi madre iba recogiendo las hojas del suelo, creando un archipiélago de pequeñas islas informativas donde antes había un solo continente de historias. Daba miedo aquel mar, cómo iba tragando y rompiendo la tierra, reclamando cada vez más del linóleo-mundo. El agua salada salpicaba nuestros pies: no podíamos quedarnos a la mesa. Saltábamos siempre a la isla más cercana, aferrándonos el uno al otro para no perder el equilibrio, para que las olas no nos llevaran. Luego la tormenta amainaba: mi madre subía a ordenar las habitaciones y nos dejaba la cocina y cuatro o cinco islitas por las que pasábamos tranquilamente de la una a la otra, comentando sobre el sol y las palmeras y los peces y lo bonito que es vivir cerca del mar.

Joel, no tenías ni idea. Sólo nos hablamos tres veces. La primera vez me preguntaste la hora. Eran las dos. Te dije que eran las dos y me dijiste “gracias”. La segunda vez me preguntaste lo mismo, sólo que en francés. Estuvimos en clase y la profesora te dijo que le hicieras una pregunta a alguien. No sé por qué pero tus ojos se fijaron en mí. “Quelle heure est-il?” me preguntaste (una vez más, sólo que en francés). Te dije la hora (“Il est trois heures moins le quart”) mientras mi compañera de mesa escribía una nota en mi cuaderno: Il est trop beau pour toi. La tercera y última vez fue en una fiesta algunos años después. Me pediste fuego y tuve que decirte que no fumaba. Me fui de la fiesta temprano: esta historia no es nuestra, sólo es mía.

César: hay algo que quisiera decirte. He vivido siempre al azar, ya sabes, por allá y por acá, adonde me llevara el viento. No creo en los arrepentimientos. Me parece insano, insensato arrepentirse. Pero sólo con escribir la palabra – a-r-r-e-p-e-n-t-i-r-s-e – me encuentro pensando en ti y en la tarde en que nos encontramos en la Condesa, ¿te acuerdas? Iba yo con la perrita hacia el parque de México y tú venías desde no sé dónde con unos amigos tuyos. Era una de aquellas tardes grises en las que se siente el cielo muy cerca y el tiempo se vuelve manso y no te apura. Casi no había gente en la calle y me sorprendió mucho cuando te reconocí. Estabas con unos amigos, dos o tres creo, pero ahora no me acuerdo qué aspecto tenían, ni siquiera si eran dos hombres y una mujer o al revés. Sólo me fijaba en ti y en el gris de la tarde. Te habías dejado crecer la barba desde la última vez que nos encontramos y me parecías distinto; te había visto siempre vestido de traje. Cuando me invitaste a acompañarles a un bar por allí cerquita, te dije que no porque hacía muy poco que me había separado de José y lo hubiera sentido como una traición. Puede que sólo me invitaras porque eres educado y amable e intuías que estaba muy sola en aquel momento. Pero si hay algo de lo que me arrepiento es de no haberte dicho que sí aquella tarde, aunque sólo fuese para pasar unas horas más en tu compañía, contemplar tu cara durante algunas horas más para poder recordarla ahora.

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El próximo cuento

January 17, 2010 Leave a comment

La tinta roja que usaba su editor siempre le había parecido de mal gusto: se prestaba tan ineluctablemente a la metáfora barata de sus palabras desangrándose. Lorca, pensaba mirando al manuscrito. Lo único que servía para protegerse de las metáforas baratas era buscarse una buena aunque fuese robada. ¿Estarían asombradas las carnes del editor al verse abiertas por un cuchillo? ¿Estarían asombradas, o estarían más bien molestas, irritadas, aburridas quizás, tal vez ligeramente irónicas? De lo que no había duda era que a esa hora ya estarían anestesiadas, adormiladas por la comida y los dos o tres gintonic que habría ingerido.
Se tomó su tiempo para elegir el cuchillo. Al final apostó por uno pequeño y fino que su ex-mujer utilizaba cada día para pelar la manzana con que terminaba siempre su desayuno. Le gustaba toda clase de manzana: verde, roja, le daba lo mismo – siempre las pelaba y lo hacía de una sola pieza. A él le gustaba observarla, admiraba su destreza a la hora de deslizar el filo bajo la piel. Era un cuchillo pequeño pero muy eficaz. Lo guardó en el bolsillo de su chaqueta.
De escribir un cuento sobre el asunto, obligaría al protagonista a coger el autobús para llegar a la cita con su editor. Por tratarse de un cuento con un deje claramente autobiográfico, el protagonista se reconocería demasiado ebrio como para poder conducir. Lo obligaría a coger el autobús para darle un tiempo en que reflexionar sobre su relación con el editor. Habría un flashback de la cena en que éste le anunció a la que en aquel entonces era la mujer del escritor, la mujer que luego olvidaría de llevarse consigo el cuchillo con que le gustaba pelar las manzanas de una sola pieza, que su marido iba a ser famoso, que él, editando sus cuentos, iba a conseguir que se leyeran en todo el mundo. Habría que incluir en aquel flashback alguna advertencia, aunque no la hubiera, aunque en ese momento no sintiera más que amor y reconocimiento y más amor, pero habría que incluir alguna pista que anunciara los futuros conflictos entre los tres. Pero en eso pensaría después.
Agradecía que el taxista hablara tan poco. (Tal vez no entendía bien el inglés. Tenía pinta de ser de Oriente Medio. ¿A qué se habrá dedicado en su país? Podría haber sido médico, podría haber sido asesino a sueldo, podría también haber sido taxista.) Sacó el manuscrito del sobre para repasarlo una vez más. Ciento noventa páginas. Ninguna limpia. Había unas cinco o seis en que sólo se había tachado una coma, y, en una, un punto repetido por error. Pero en otras páginas se habían tachado párrafos enteros, sin explicación alguna. Horas y horas de su vida eliminadas con la tinta roja del editor. Y ya no creía en él, ya no veía sus cuentos mejorados sino eviscerados. Sentía asco hacia lo que llevaba en sus manos, un asco parecido al que le habían provocado los roedores muertos que la gata de su madre les dejaba en el porche de la casa. Metió su mano en el bolsillo de su chaqueta. El cuchillo seguía allí. Acarició el filo.
¿En que estaría pensando el protagonista ahora?, se preguntó. Quizás el tacto del metal le hiciera pensar en los dientes de los roedores muertos, en los dientes largos y ciegos detrás de los labios ligeramente abiertos (¿tienen labios los roedores? ¿Se puede hablar de los labios de los roedores?). Tenían un aspecto algo estúpido, algo idiota aquellos cadáveres de los labios entreabiertos, las patas al aire, los dientes largos y ciegos. Daban asco, repelús, lástima. ¿Estaría así de muerto el editor? De todos modos él no lo vería así, tieso y atontado. El sólo alcanzaría a ver el asombro o la ironía o el aburrimiento de la herida abierta. ¿Marcaría una sonrisa o un bostezo aquella boca? Para cuando estuviera tieso él mismo estaría en la comisaría o muerto también o en un taxi hacia el aeropuerto, agradeciendo el silencio de un taxista-médico-asesino a sueldo-pastor de cabras-santo patrón de los escritores cirróticos.
Llegaron a la editorial.
Se notó tranquilo. No estaba sudando como hubiera imaginado. El protagonista sí que sudaría. Sudaría como sudaba él las primeras citas con su ex-mujer. No era un sudor normal de sobaco y entrepierna. Era un relámpago difuso de sudor que brotaba de cada poro en el mismo instante y le dejaba la frente empapada. Ella fingía no darse cuenta. El editor del cuento no haría lo mismo. ¿Qué le diría? Luego pensaría en eso.

-¿Has comido? Tienes mala cara. Vamos a comer.

Ni siquiera le saludó. Ni siquiera preguntó por el sobre que llevaba en las manos, que ahora sí que sudaban. No olía a alcohol. No se había anestesiado. Tendría que aguantarle durante toda la comida. Dejarlo tomarse sus últimos gintonic. Después de todo, eran amigos. Después de todo, habían sido amigos. ¿En cual momento dejamos de serlo? se preguntó. ¿Cuántos años llevamos fingiendo un cariño que ya no sentimos, ni él ni yo?
No tuvieron que ponerse de acuerdo respecto adonde ir a comer. Siempre iban al mismo sitio, un restaurante vietnamita que estaba a diez calles de la editorial. Fueron a pie. Eso tampoco se tuvo que hablar. A los dos les gustaba caminar.

-¿Has mirado mis correcciones entonces?
-Sí, las he visto. Vengo armado, de hecho. Pienso matarte.
-Siempre te duele, ¿verdad?
-Hablo en serio. Pienso matarte.
-Vale. Seguro que me lo merezco.

¿En qué pensaría el protagonista después de matarlo? Sin duda quisiera ducharse. Limpiarse del sudor y de la sangre. Quemar la ropa. Tomarse un trago. ¿Tendría hambre? Le parecería una lástima no haberse podido probar boca en el restaurante tailandés. El recuerdo de los olores – el chile, el cilantro, la hierba limón – le haría salivar. Pero el cuento entonces tendría un deje irónico, un poco absurdo, ¿quien piensa en comida después de matar a un hombre?

-¿Me decías que querías matarme?
-Chekhov hubiera insistido.
-¿Y eso?
-Ya te he dicho que vengo armado. ¿Y si ahora no te mato?
El editor le puso una mano sobre la suya.
-No me vas a matar. Vas a volver a casa, servirte un trago y ponerte a escribir tu próximo cuento.
-¿Pero que hago entonces con este cuchillo?
Lo sacó de su bolsillo y lo puso sobre la mesa.
El editor se rió. Señaló a la camarera para que ésta se acercara y le susurró algo al oído. La chica se fue, pasó por las puertas de la cocina y volvió con una manzana servida sobre un plato.
La dejó frente al editor, quién empujo el plato hacia su compañero.
-A ver si la puedes pelar de una pieza.

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